Estoy a sólo un mes de mi cumpleaños, de mis veinte años. Sólo treinta días me separan de lo que será el comienzo de otra década, que viene con sabe Dios qué.

Realmente confío en que serán cosas nuevas y buenas. Y aunque me rehúse a aceptar que también traerá cosas malas, así será. Porque siempre es así. No todas las cosas pueden ser buenas o sí? Si alguien dijo sí, por favor dígame el secreto, juro que no lo dispersaré.


Bueno, empezó la cuenta regresiva, pero .. no como antes, no como cuando cumplí diez. En esas épocas lo planeaba todo, desde lo que pediría como regalo principal, hasta qué ropa usaría. Recuerdo que cuando invitaba a mis amigos a mi fiesta, llegaban tarde por la .... bendita procesión -vivía en el Rímac pues-. Era otra cosa. Por Dios, mi edad pasaría de uno, a D O S dígitos. Fue lo máximo.


...Continuará cuando llegue el día.

6:39 p. m.


Esta es la historia de una chica que, en su viaje de promoción, experimentó una de sus primeras trancas. Ojalá les guste. Aquí va..



Te despertaste en el avión, con dolor de cabeza, el cuerpo totalmente deshidratado y reclamando el desayuno. “Ya lo sirvieron señorita. Ya llegamos”, te dijo la pareja de señores, un poco mayores, que tenías como vecinos. No podías creerlo, ya estaban en Lima. ¿Acaso se llega tan rápido de Cuzco? No recordabas ni siquiera haber abordado el vuelo. Es que en esas condiciones, cómo te ibas a acordar.

La noche anterior había sido la última de tu viaje de promoción en Cuzco. Y por supuesto te prometiste no regresar a Lima sin antes meterte la bomba de tu vida. Sin saber –o tal vez sabiendo- que en el transcurrir de los años vendrían algunas más, esa fue la primera.

Saliste del cuarto –que compartías con tu mejor amiga, Sandra- y con todo el grupazo y los respectivos profesores a cargo, se fueron al restaurante a disfrutar de la última cena. Nadie se apresuró en terminar rápido de comer, porque sabían que todavía era temprano para la discoteca. Después de hacer la cola para entrar al Muki, se dieron con la sorpresa de que estaba casi lleno.

Muki se llamaba la discoteca a la que fueron la primera y esta última noche. Entraron y con una mirada rápida al lugar, encontraron por el fondo lo que podía considerarse la “zona VIP”. Porque claro, ustedes eran gente VIP. La verdad es que era el único lugar más o menos vacío.

Se acomodaron y tú, después de un par de cervezas y otro de canciones que bailaste, fuiste decidida a la barra por un shot de tequila. En ese tiempo, tenías una especial obsesión por este trago: un par de veces antes lo habías probado, y como no tuvo mayor repercusión sino sólo sentiste un pequeño mareo, decidiste intentarlo de nuevo.

Le pediste a tu compañera de cuarto que te acompañara para que fuera testigo de la hazaña. Bajaron las escaleras que separaban las dos zonas y llegaron –a empujones- a la barra. Se sentaron frente al barman, respiraste profundo y con voz de experimentada –que no sé de dónde te salió- pediste: “un tequila por favor” y volteaste a ver a Sandra con la expresión de “se viene lo bueno chola”.

En menos de un minuto, frente a ti estaba el plato listo con la sal, el limón cortado y el shot. Colocaste la sal entre tu dedo pulgar e índice de la mano derecha y mirando el limón fijamente para no perderlo de vista cuando tuvieras que succionarlo, cogiste el trago con la izquierda y con un fuerte ¡salud! empezaste. Llevaste la diestra a la boca, luego con un movimiento brusco de cabeza, la zurda, no pasó ni un segundo más y el limón ya estaba siendo devorado.

Gritaste sacudiendo la cabeza y con los ojos cerrados. Sandra se mataba de risa y aplaudía: “buena chola, la hiciste”. El barman, que también había visto todo tu ritual, con una sonrisa y asintiendo con la cabeza te dijo: “tú sí sabes tomar ah”. Para qué te lo dijo. Te sentiste halagada, y convencida de que sí sabías, pediste otro. Definitivamente no sabías.

Inmediatamente del par de shots volvieron a sus sitios y siguieron bailando felices de la vida. Todavía era temprano: las 12:30 y tú seguías tomando. Tragos por aquí, tragos por allá, pero nada como el tequila. Luego de más o menos una hora te vino el sueño, te sentaste cómodamente en ese sillón rojo tan bonito en forma de ele y miraste a tu alrededor. Estabas mareada. Apoyaste los codos sobre tus rodillas y te tapaste el rostro con las manos, luego de un par de balanceos, muy graciosos por cierto, tus patas te animaron para que te pares. Aceptaste.

La sonrisa no se te iba del rostro, ahora, tus pasos de baile eran, si bien no descoordinados, inestables. Te veías muy chistosa. Conversabas en voz muy alta y tus manos parecían tener vida propia. Te sentaste nuevamente en el sillón, pero ahora no resististe a la tentación de darte una “cabeceadita”. Te recostaste, y es lo último que recuerdas, ¿verdad? Claro, tu noche acabó a las 2 de la mañana.

Cuando llegó la hora de irse, todos te vieron en el sillón, echada, ¡dormida! Trataron de despertarte pero era inútil, eras una piedra, no reaccionabas. Tuvieron que cargarte entre ocho al estilo Túpac Amaru hasta la puerta. Qué vergüenza, menos mal que no te acuerdas.

Subiste medio zombi al bus de regreso al hotel, por supuesto con ayuda de todos. Por suerte no eras la única que la necesitaba, varios de tus amigos también estaban en las mismas, pero nunca tanto pues, ja. No sé cómo subiste a tu cuarto, pero llegaste y caíste como costal de papas a la cama. Tu profesora y Sandra –que se merece el premio a la mejor amiga- tuvieron que arreglar tu maleta porque claro, tú, monga, no lo habías hecho la noche anterior.

Jamás sabrás cómo fue que subiste a ese avión, yo tampoco. Porque de lo único que tú y yo nos acordamos es que al bajar, ya en Lima, te veías como los mil demonios: ojerosa, despeinada, con la ropa de ayer, toda una resaqueada amateur. ¿Y cómo lo sé? Porque en el video que toda la promoción tiene de ese viaje, apareces tú, bajando las escaleras del avión, en todo tu esplendor. ¡Qué roche!